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El argentino Renzo Olivo, hace historia en Roland Garros, al vencer al local Tsonga en primera ronda

Renzo Olivo (91° del ranking mundial) sabe bien lo que son las noches de desvelo en Francia. Como la de este martes, cuando le costó conciliar el sueño luego de que su partido ante Jo Wilfried Tsonga (11°), en el estadio Phillipe Chatrier por la primera ronda de Roland Garros, fuera suspendido por falta de luz cuando le faltaba un game para ganar.







O como aquellas de su adolescencia, que pasó a puro llanto cuando se formaba como tenista en Plaisir, un pequeño pueblo ubicado a 30 kilómetros de París, donde no dejaba de extrañar su Rosario natal.

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Apenas 12 años tenía Olivo (hoy, de 25) cuando alguien descubrió su talento y le ofreció viajar a Francia para vivir en la academia Muratoglou y formarse en el mismo lugar del que salieron grandes jugadores como Grigor Dimitrov y Mario Ancic pero, fundamentalmente, donde Serena Williams terminó de forjarse como una de las más grandes tenistas de todos los tiempos de la mano de Patrick Muratoglou, el creador de un sistema de entrenamiento que, dicen, no sólo pone la lupa en el juego sino también en las distintas maneras de cultivarse y de crecer que tiene una persona.

Allí, el rosarino hincha de Newell’s forjó su carácter pese a la lejanía de su familia. Viajó por un par de semanas; terminó quedándose tres años y medio sin hablar francés, apenas balbuceando algunas palabras en el italiano que había aprendido en el colegio y jugando mucho en canchas rápidas bajo techo.

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“Para seguir jugando, la única manera que tenés es tener un gran presupuesto y mi padre no podía. Los primeros seis meses no sabía inglés, francés, estuve solo donde las noches eran eternas, pero me fortaleció en lo mental”, dijo Olivo en la conferencia de prensa posterior a concretar el batacazo ante el mejor jugador local.

Fueron tiempos en que lloraba por las noches, extrañaba, quiso largar todo. Con su flamante victoria, seguramente recordó aquellos días de angustia que ahora dan sus frutos.







“Desde que tengo uso de razón que estoy con la raqueta en la mano. Vivíamos en el mismo club”, cuenta Olivo en su sitio oficial. Su padre, Rafael, tenía un club, Hanser Tenis, y la casa familiar se encontraba entre canchas de polvo de ladrillo y pelotitas.

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Admirador de David Nalbandian (su hermano Javier, uno de sus entrenadores junto a Franco Squillari, vivió cada punto ante Tsonga como si fuera el último), a Olivo se lo puede ver en YouTube haciendo “jueguito” con su raqueta y una pelotita de tenis e incluso la academia Muratoglou lo eligió para diferentes promociones y avisos institucionales.

Muchas veces traicionado por un carácter fuerte que lo hizo romper infinidad de raquetas, hoy esos enojos pertenecen al archivo. “Maduré, empecé a tomar todo de una manera diferente y me siento más dedicado al tenis que antes”, dijo el año pasado cuando fue convocado por primera vez para jugar la Copa Davis en la victoria ante Polonia en Gdansk (cayó en el dobles y en el singles del quinto punto, pero Argentina ganó 3-2 la serie).

Precisamente, el 2016 fue el año de su gran salto: jugó su primer Grand Slam (hizo segunda ronda en Australia) alcanzó por primera vez las semifinales de un torneo del circuito mayor (en el ATP 500 de Hamburgo, donde venció a Philipp Kohlschreiber), se metió en el top 100 y consiguió festejar en su país: se llevó el Challenger de Buenos Aires, donde venció a Leonardo Mayer en la final.

Este año alternó challengers y la clasificación de torneos ATP. Y ahora, en Roland Garros, escribió otro capítulo de una historia escrita con esfuerzo. Y con lágrimas.







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